El fin de los tiempos no llegará con un estruendo

Durante siglos, la humanidad ha imaginado el fin del mundo como un gran cataclismo.

El cielo cubierto de fuego.
La tierra temblando.
Los océanos desbordándose.
Las ciudades desapareciendo bajo una nube de polvo.

Pero quizá el fin de los tiempos no llegue así.

Quizá no haya trompetas, meteoritos ni un último amanecer rojo. Tal vez el final avance en silencio, escondido entre los días normales, mientras seguimos trabajando, comprando y mirando una pantalla.

Puede que el mundo termine poco a poco, sin que nadie se dé cuenta.

Cuando dejamos de mirar al cielo

Hubo un tiempo en el que las personas observaban las estrellas buscando respuestas. Sentían respeto por la noche, por las tormentas y por el misterio de estar vivos.

Ahora miramos hacia abajo.

Caminamos con prisa, pendientes de mensajes, noticias y números. Estamos conectados con todo, pero cada vez nos cuesta más conectar con alguien.

Sabemos lo que ocurre al otro lado del planeta, pero ignoramos el dolor de quien se sienta a nuestro lado.

Quizá el fin de los tiempos comience cuando dejamos de escuchar. Cuando una vida humana se convierte en una cifra. Cuando una tragedia dura lo mismo que una noticia en la pantalla.

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El último día parecerá un día cualquiera

El último día podría comenzar con un despertador.

Alguien preparará café.
Un niño llegará tarde al colegio.
Una pareja discutirá por algo pequeño.
Un anciano esperará una llamada que nunca llegará.

Las calles seguirán llenas. Las tiendas abrirán. Los coches avanzarán lentamente bajo los semáforos.

Nadie sabrá que está viviendo su última mañana.

Esa es la parte más inquietante del final: casi nunca sabemos cuándo hacemos algo por última vez.

La última conversación.
El último abrazo.
La última vez que vemos el rostro de alguien.
La última noche en nuestra propia casa.

Vivimos como si el tiempo fuera infinito, aunque cada segundo que pasa desaparece para siempre.

Tal vez el mundo ya esté terminando

El mundo termina cada vez que desaparece una especie.

Termina cuando un bosque se convierte en ceniza. Cuando un río deja de llevar agua. Cuando el miedo sustituye a la esperanza y el odio se vuelve más fuerte que la razón.

También termina en lugares más pequeños.

Termina dentro de una persona cuando deja de creer que merece ser feliz. Termina en una familia cuando nadie se atreve a pedir perdón. Termina en una sociedad cuando mirar hacia otro lado resulta más cómodo que ayudar.

No todos los finales hacen ruido.

Algunos se parecen demasiado al silencio.

Pero mientras quede alguien que recuerde

Quizá el fin de los tiempos no sea una fecha escrita en un calendario.

Quizá sea una decisión.

El mundo no se acaba solamente cuando desaparece la vida. También puede acabarse cuando desaparecen la bondad, la memoria y la capacidad de imaginar un futuro diferente.

Sin embargo, mientras quede alguien dispuesto a cuidar a otra persona, todavía habrá esperanza.

Mientras alguien plante un árbol que quizá nunca verá crecer, el futuro seguirá respirando.

Mientras una madre abrace a su hijo, un desconocido ayude a otro desconocido o una persona se atreva a decir la verdad, el final tendrá que esperar.

Porque incluso en la oscuridad más profunda, una pequeña luz sigue siendo luz.

Antes de que llegue el final

Tal vez no podamos evitar todas las guerras, detener todas las tormentas ni reparar todo lo que hemos roto.

Pero todavía podemos elegir cómo vivir el tiempo que nos queda.

Podemos llamar a esa persona que echamos de menos. Podemos pedir perdón. Podemos dejar de guardar las palabras importantes para otro día.

Podemos mirar el cielo.

Podemos escuchar.

Podemos recordar que estar vivos no es una costumbre, sino un milagro breve.

El fin de los tiempos llegará algún día, de una forma u otra. Pero hasta entonces, cada amanecer será una oportunidad.

No para salvar el mundo entero.

Quizá solo para no destruir el pequeño mundo que existe dentro de cada persona que encontramos.

Y puede que eso sea suficiente para retrasar el final.

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